Hace muchos años.
Eran tal vez las ocho de la
mañana, un día soleado afuera, y yo, formado y lleno de nervios en la fila de
la caja del centro comercial, eran esos nervios ricos generados por el miedo de conocer a una
persona que no conoces y a la que tal vez no le caerás bien,
miedo también a conocer a esa persona y caerle bien y establecer una
afinidad increíblemente inesperada pero que también poco o casi improbable.
Avanzaron dos personas, y cuando
por fin llegó mi turno de ser atendido, allí estaba ella sonriendo, haciendo
bromas con sus compañeras de trabajo sobre
que le llevarán a un chico de cremería que estaba muy guapo; el ruido de
esas bromas entró por mis oídos incrementando aún más mi nerviosismo, en fin. Con una voz entre cortada y llena de nervios:
–Hola, soy Erick, el chico que te mandó las
flores la semana pasada, espero no haberte molestado.
–No para nada muchas gracias, ¿qué vas a llevar?
–Mmmm no lo sé, solo venía verte-
Y con un gesto de
impaciencia y una mirada fría estiró el
cuello para saber si había alguien más formado detrás de mí, afortunadamente no
había nadie más, pero sentí una enorme presión ya que no tenía ni idea de lo
que tenía que hacer.
–Algo, una recarga, unos chicles, ¿algo qué
cobrarte?
–Si una recarga, respondí con voz
titubeante-
Sacó un minúsculo block de papel y me prestó su pluma blanca para que
anotara los datos de la recarga que haría a mi celular, me decidí a anotar lo que me pidió.
–Oye, me gustaría conocerte,
quiero invitarte a tomar un café, o a comer, o simplemente a caminar, aún lleno
de nervios pero con una voz un tanto más segura.
–Mmmm, no lo sé…
Sentí la presencia de nuevas
personas que se incorporaban a la fila detrás de mí, y creo que ahora la
presión la sufrío ella.
–En verdad me gustaría, dame esa oportunidad.
–mira, te apunto mi teléfono y me
marcas para ver.
–muy bien, muchas gracias, que
tengas un bonito día, respondí mientras
mi cuerpo era recorrido por cientos, tal vez miles de sensaciones cálidas y a
la vez frías, mientras entregué una pequeña nota en su mano y salí casi
corriendo de allí lleno de emoción y entusiasmo…
Una semana antes, observé por
primera vez a esa chica, la había visto muchas veces y simplemente era como una
persona más que, de manera indirecta interviene en el mismo mundo en el que tú
respiras, pero al momento de observarla con atención, ella cruzó su mirada con
la mía tal vez por cuestión de tres segundos que para mí fueron una eternidad.
Me di cuenta que ella era la mujer de mis sueños, si, como suena y se escribe,
“la mujer de mis sueños”, esa mujer que
mi subconsciente trabajó por muchos años y fue moldeando poco a poco llenándola
de virtudes y puliéndola al quitarle cada uno de los defectos que tenemos la
raza humana.
Una mujer perfecta, al menos,
perfecta para mí, con todas las cualidades y actitudes para que me enamorara
perdidamente de ella.
Es curiosa la manera en que la
vida te hace conocer a la gente que tiene la capacidad de que con el simple hecho de
existir cambia tu vida para bien, o para mal.
Su rostro era como la mujer de
mis sueños, lo que siempre deseé y quise
en una mujer, creo que el Gran Arquitecto la diseño justamente pensando en mí,
su cabello castaño, su piel blanca, sus manos suaves que con el frio me
invitaban a abrazarlas con las mías, su estatura y figura perfectas de acuerdo
a mis sueños; pero lo más importante, un carácter justo como la imaginé:
curiosa, frágil y fuerte, contradictoria, amante de la libertad y del libre
pensar, rebelde y dedicada, trabajadora
y estudiosa, de una voz y carácter firme aún cuando las dudas recorren su ser,
segura de sí misma, con una fachada coqueta y frívola. Todo eso fue para mí
perfecto.
Incluso el momento en que me
mandó a volar, me pareció perfecto, me gustó la manera en que lo hizo, sin
perder una sola de las características que he descrito en el párrafo
anterior acabó con toda posibilidad de
que la volviera a ver y me condujo a la salida de su vida, esa vida a la que
podría decir que me metí casi a la fuerza.
En fin, pasó el tiempo. Y un día tuve que comprender que
ella era la mujer de mis sueños, la mujer perfecta para mí, pero un simple
hecho haría imposible que algo sucediera entre los dos: yo no era el hombre de
sus sueños y mucho menos el hombre perfecto para su vida…
Hoy, si ella se encontrara con estas líneas y las
recorriera, seguramente recordaría las imágenes que intento describir con mis
palabras. Y si pudiese decirle algo, le diría que me fascinó haber vivido esa
experiencia que de muchas maneras ayudo a formar mi vida como lo es hoy en
día; me tomaría una cerveza a su salud recordando
todas esa charlas intensas que quedaron pendientes…

