lunes, 25 de junio de 2012


Hace muchos años.

Eran tal vez las ocho de la mañana, un día soleado afuera, y yo, formado y lleno de nervios en la fila de la caja del centro comercial, eran esos nervios ricos  generados por el miedo de conocer a una persona que no conoces y a la que tal vez no le caerás  bien,  miedo también a conocer a esa persona y caerle bien y establecer una afinidad increíblemente inesperada pero que también poco o casi improbable.

Avanzaron dos personas, y cuando por fin llegó mi turno de ser atendido, allí estaba ella sonriendo, haciendo bromas con sus compañeras de trabajo sobre  que le llevarán a un chico de cremería que estaba muy guapo; el ruido de esas bromas entró por mis oídos incrementando aún más mi nerviosismo, en fin.  Con una voz entre cortada y llena de nervios:

 –Hola, soy Erick, el chico que te mandó las flores la semana pasada, espero no haberte molestado.
  
–No para nada muchas gracias, ¿qué vas a llevar?

–Mmmm  no lo sé, solo venía verte-

Y con un gesto de impaciencia  y una mirada fría estiró el cuello para saber si había alguien más formado detrás de mí, afortunadamente no había nadie más, pero sentí una enorme presión ya que no tenía ni idea de lo que tenía que hacer.

 –Algo, una recarga, unos chicles, ¿algo qué cobrarte?

–Si una recarga, respondí con voz titubeante-

Sacó un minúsculo block de  papel y me prestó su pluma blanca para que anotara los datos de la recarga que haría a mi celular,  me decidí a anotar lo que me pidió.

–Oye, me gustaría conocerte, quiero invitarte a tomar un café, o a comer, o simplemente a caminar, aún lleno de nervios pero con una voz un tanto más segura.

–Mmmm, no lo sé…

Sentí la presencia de nuevas personas que se incorporaban a la fila detrás de mí, y creo que ahora la presión la sufrío ella.

–En verdad me gustaría,  dame esa oportunidad.

–mira, te apunto mi teléfono y me marcas para ver.

–muy bien, muchas gracias, que tengas un bonito día, respondí  mientras mi cuerpo era recorrido por cientos, tal vez miles de sensaciones cálidas y a la vez frías, mientras entregué una pequeña nota en su mano y salí casi corriendo de allí lleno de emoción y entusiasmo…

Una semana antes, observé por primera vez a esa chica, la había visto muchas veces y simplemente era como una persona más que, de manera indirecta interviene en el mismo mundo en el que tú respiras, pero al momento de observarla con atención, ella cruzó su mirada con la mía tal vez por cuestión de tres segundos que para mí fueron una eternidad. Me di cuenta que ella era la mujer de mis sueños, si, como suena y se escribe, “la mujer de mis sueños”,  esa mujer que mi subconsciente trabajó por muchos años y fue moldeando poco a poco llenándola de virtudes y puliéndola al quitarle cada uno de los defectos que tenemos la raza humana.

Una mujer perfecta, al menos, perfecta para mí, con todas las cualidades y actitudes para que me enamorara perdidamente de ella. 

Es curiosa la manera en que la vida te hace conocer a la gente que tiene la capacidad de que con el simple hecho de existir cambia tu vida para bien, o para mal.

Su rostro era como la mujer de mis sueños,  lo que siempre deseé y quise en una mujer, creo que el Gran Arquitecto la diseño justamente pensando en mí, su cabello castaño, su piel blanca, sus manos suaves que con el frio me invitaban a abrazarlas con las mías, su estatura y figura perfectas de acuerdo a mis sueños; pero lo más importante, un carácter justo como la imaginé: curiosa, frágil y fuerte, contradictoria, amante de la libertad y del libre pensar,  rebelde y dedicada, trabajadora y estudiosa, de una voz y carácter firme aún cuando las dudas recorren su ser, segura de sí misma, con una fachada coqueta y frívola. Todo eso fue para mí perfecto.

Incluso el momento en que me mandó a volar, me pareció perfecto, me gustó la manera en que lo hizo, sin perder una sola de las características que he descrito en el párrafo anterior  acabó con toda posibilidad de que la volviera a ver y me condujo a la salida de su vida, esa vida a la que podría decir que me metí casi a la fuerza.

En fin, pasó  el tiempo. Y un día tuve que comprender que ella era la mujer de mis sueños, la mujer perfecta para mí, pero un simple hecho haría imposible que algo sucediera entre los dos: yo no era el hombre de sus sueños y mucho menos el hombre perfecto para su vida…

Hoy,  si ella se encontrara con estas líneas y las recorriera, seguramente recordaría las imágenes que intento describir con mis palabras. Y si pudiese decirle algo, le diría que me fascinó haber vivido esa experiencia que de muchas maneras ayudo a formar mi vida como lo es hoy en día;  me tomaría una cerveza a su salud recordando todas esa charlas intensas que quedaron pendientes…

viernes, 22 de junio de 2012


El Caballero de la Rosa Negra


Dos pasos sobre la penumbra
se vuelven dos años de agonía,
cuando solo se saborea la soledad
y lo acompaña el pesar.

La acidez oxida su armadura color éter;
mientras cada paso retumba en la sensibilidad de la noche.

El lago lleno de cadáveres
a causa de los frustrados ultrajes al palacio
y una mariposa sobre el fango
ilumina la eterna desesperación.

Un caballero recorre los sueños
y una princesa se vuelve perversa,
desgarrando su ropa sobre el lecho,
deseando que algún caballero posea sus entrañas,
mientras la luna tiñe de color la noche.

La armadura se vuelve ligera y su mirada se vuelve cristalina.
Sus dientes blancos, filosos se vuelven agudos,
su piel seca, necesita beber
y su mente destruir.

La rosa ha perdido su inocencia
y su rojo pasión se ha tornado
en tinieblas de lujuria.
Sostenida por el caballero negro,
sabe que su destino será una princesa
y que su amor llenará el cosmos de color.

Abrazada por los suaves pétalos de una princesa,
que a su vez es amada por un señor de la guerra.

La batalla cobra fuerza en la alcoba
y el caballero no resulta vencedor,
la princesa exhausta, y la rosa negra
Se consagra en el amor.

- Erick Padilla -