lunes, 29 de abril de 2013



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Soy una persona que suele estar rodeada de gente, mmm no sé si lo pueda considerar amistad, pero siempre hay gente con la que puedo contar, gente dispuesta a echarme una mano cuando lo he llegado a requerir, o gente que me ha regalado una sonrisa que remienda cada hilo emocional cuando mi alma de esta desgarrando, otra gente que me habla duro para despertarme y devolverme a esta cruda realidad impidiendo que un sueño o una pesadilla de apoderen de mi vida.  Soy una persona muy afortunada, pues gracias a toda esa gente que puedo considerar héroes anónimos en mi vida estoy aquí. Además de ellos existe los amigos que son permanentes, que son parte de mi vida y allí estarán siempre, para charlar, para pelear, para alcoholizarnos, para llorar con ellos, o por ellos, para sentir lo maravillosa que es la vida al no dejarte solo; con ellos suelo contar siempre, porque aun cuando no los vea, están presentes, y son un alivio para mi alma, son mis hermanos y hermanas; y como dice un poema que escuché hace unos veinte años, “son una conexión con el pasado”.

Hoy hablare de un ser, que no hubiera considerado mi amigo, sin embargo al día de hoy, después de más de tres años de formar parte de nuestras vidas mutuas, y después de su partida, estoy convencido que fue más que mi amigo,  púes toleró sin intentar comprender mi mal y mi buen humor, aunque este fuera negro, me esperó cada día de estos emocionado a que llegara a casa para que le brindara una caricia en su pancita, conformándose en ocasiones incluso hasta con una simple mirada fría de mi parte, que lo hacía sentirse dichoso.


Todos los días durante estos años, lo primero que hice al llegar a casa, fue buscar su plato para darle de comer y charlar con él; y aunque nunca tuvo palabras para mí, estoy seguro que fue porque los perros no cuentan con cuerdas vocales, no porque no las haya tenido; afortunadamente, ya que de haberlas tenido seguramente hubiéramos entablado largas charlas sobre la vida o la muerte, o las croquetas, o las mujeres o los veterinarios; y tal vez hasta las hubiésemos concluido ebrios de tomar cerveza con clamato.


Siempre tuvo una cara de consuelo para mí, y mucha baba en su hocico que producía inmensas ronchas en la piel de mis brazos, cada vez que jugábamos luchitas terminaba necesariamente dándome un baño, pues mi ropa quedaba más sucia que la de una artesano de la construcción y mi piel más dañada que mis costilla después de luchar con mi hijo, pero me encantaba dedicar  por lo menos un poco de tiempo a regañarlo o acariciarlo, ya que me fascinaba esa cara de regañado que siempre ponía. Fue un maestro del chantaje, pues fue el primer ser capaz de hacerme sentir culpable de regañarlo, hasta que descubrí que irse al lado más lejano del patio, echarse en el piso cruzando sus cortas y apelmazadas patas delanteras, sosteniendo sobre ellas su larga cara o hocico con sus ojos rojizos como si lloriqueara, extendiendo esas orejas enormes color café de casi veinte centímetros en el piso, solo era su truco para que me acercara lleno de compasión a acariciarlo y me arrepintiera de haberle llamado la atención.  Aun así, me encantaba cuando la gente caía seducida frente a ese recurso para hacerse de su simpatía, aun cuando todos me consideraban el villano de la película.



Puedo contar innumerables historias y aventuras con él, pues era un coqueto tremendo y un ejemplar hiperactivo de ímpetu y curiosidad. Creo que si hubiese nacido humano, tendríamos muchas en común. Si lo asemejará con alguna caricatura de mi infancia, definitivamente diría que era una combinación de la elocuencia, paciencia e inteligencia de Droopy con el tormentoso caos y energía de  Taz. Energía que hasta sus últimos días mostro, pues a pesar de haber tolerado una operación y no asimilar alimento por muchos días, siempre tuvo unas fuerzas tremendas para  buscarme y estar a mi lado.



Sé que así es la vida, hay cosas que salen de nuestro control simplemente, hay otras que gracias a nuestra imprudencia también salen de nuestro control, no sé cuál aplique en este caso, muy probablemente la segunda; pero sin lugar a dudas, vivir con él, en definitiva reivindico mi forma de pensar hacia los caninos, creo que ahora entiendo esa frase de que “el perro es el mejor amigo del hombre”, y sin lugar a dudas me hizo crecer como ser humano.

Hoy creo que he escrito lo que necesitaba escribir, pues ya puedo decir que hace unos días despedí a uno de mis mejores amigos; y aún me duele recordarlo y extrañarlo pues hace falta en mi vida y deseo con todo el corazón que su compañía haya logrado el propósito que se planteó, pues no solo movió mi mundo, sino también el mundo de algunas personas que están cerca de mí, amigos a los que agradezco su apoyo moral y activo, su preocupación, su ayuda y su ánimo, su disposición y sus palabras, sus llamadas, sus mensajes, su atención,  gracias, siempre me he sentido muy cercano a ustedes y hoy me siento aún más cerca y más querido; y por ello, mas afortunado.